Ahí. 

Al clásico “¿cómo estás?” que suele preguntarse bastante seguido, respondo siempre lo mismo: ahí. Es que responder con un “bien” sería mentir y me parece injusto para el preguntador que asumo espera una respuesta real. Ahora, responder con un “mal” implicaría una segunda pregunta, la de “uh, ¿por?” Siempre hay un “uh”. Y esa pregunta no estoy dispuesta a respondértela a ti, preguntador. Primero, porque no tengo ganas. Segundo, es probable que la respuesta sea más larga que el tiempo que tenés destinado a mí y a nuestra conversación lo cual sería, otra vez, injusto para ti. Entonces mi respuesta siempre es la misma. Estoy ahí. Ya sé que no pero yo estoy ahí.

8/MAY/2017

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¿Ves?

Tomemos un tren para irnos de acá pero no vayamos tan lejos.

Así estamos. Sosteniendo cada uno su cerveza. Mirándonos sin conocernos. Sintiendo las tristezas de lejos, sabiéndolas ahí pero sin compartirlas del todo. Escuchando alguna banda de turno. Mezclados entre un mar de gente, riendo, cantando, tomando, disimulando como podemos todas esas cosas que sentimos. O no, no estamos disimulando. La alegría es real. Momentánea pero real. Somos nuestra versión más honesta. O eso creemos, necesitamos creer. Así estábamos cuando te vi. Sentí la tristeza acá nomás. Algo en los ojos, capaz. En el tono de tu voz. En las palabras suaves, lentas, casi como en un susurro. Tenías tanto para decir, solo te faltaba alguien dispuesto a escuchar. No pude ser yo. No puedo ser yo.

El problema siempre está en el después. Esa sensación de felicidad que se esfuma apenas sale el sol. Porque sabemos que no es real. Y no nos gusta la realidad. ¿Ves que no puedo ser yo? Quiero, de verdad. Pero no. Salí. Que va a llegar el día y te vas a dar cuenta. Y prefiero que no. Evitemos el momento incómodo en el que te diga que en realidad todo es horrible. Porque partimos de la base de que todo es horrible. Entonces da más o menos lo mismo. Si estás acá o no. Si te estoy escuchando o no. Pero te estoy escuchando. Te juro que sí. Esas palabras lentas. Ay, qué lentas. Dale, terminá de hablar. Sí, te dije que te estoy escuchando. No, no te estoy mintiendo. ¿Ves? Te avisé que no podía ser yo.

24/MAR/2017

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Como en las películas.

Si esto fuera una película estarían los dos sentados cada uno en su alféizar. El día gris, la lluvia o el atardecer, cualquiera de ellos serviría de fondo. Mirando la ciudad con nostalgia, recordando un pasado que no va a volver. Imágenes de colores intensos aparecen para mostrarnos sus momentos felices, risas fuertes, miradas cómplices. Hasta que de repente uno de los dos se levanta y corre. Corre por una ciudad que ya no es gris y que le abre paso. Las distancias se acortaron, la lluvia dejó de caer. Corre hasta llegar a una puerta, a su puerta que se abre sola y lo espera. Porque el otro estaba por salir a correr y en su ciudad también había salido el sol.

Pero esto no es una película y si lo fuera sería una película montevideana. Desde las ventanas no se ve la ciudad, apenas el interior de una manzana gris. Y el paisaje siempre es igual y la nostalgia nunca se va. Nadie corre buscando a nadie, no llegás a la puerta de mi casa donde te esperaba pronta para correr yo a vos.

En esta película miro por la ventana del ómnibus recordando un pasado que siento que no va a volver. La lluvia de fondo y las melodías tristes suenan en mi cabeza, como en aquellas películas. Pero el final es otro. No sabemos el final y no lo estamos esperando. Acá las historias se cruzan, se descruzan y se vuelven a cruzar. El fondo gris se entrevera con los colores intensos. Y todos somos parte de esta película que no terminó y en la que no tenemos idea de lo que va a pasar. Hasta el final.

25/ABR 2017

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Veintiséis.

Los veintiséis son esa cosa extraña que viene después de los veinticinco y que te hace sentir que estás llegando a los treinta pero no está lo suficientemente cerca como para que empieces a asustarte pero sí como para decir che Camila capaz que tendrías que estar encarando entonces te empezás a asustar así que es casi como estar cerca de los treinta por la parte esa de empezar a asustarte pero qué es empezar uno se asusta y ta pero yo no estoy asustada así que en realidad capaz que no es tan malo aunque en mi cabeza se haya prendido una pequeña alarma que dice que tenés que empezar a encarar y capaz que mi problema es que lo que me cuesta es empezar pero igual estoy tranquila porque no estoy asustada entonces no estoy tan cerca de los treinta y al final me olvidé de lo que quería decir y voy a tener que volver a empezar. Con lo que me cuesta empezar.

02/FEB 2017

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Cerca del mar porque yo.

No, no nací en el Mediterráneo. Me crié del otro lado del mundo, entre ranchos y cuentos de mar, caminando entre noctilucas, casas de puertas abiertas y caminos sin fin. En mi pequeño pueblo de agua salada, entre idas y vueltas a una ciudad que también tiene el mar como protagonista.

Tal vez por eso Barcelona se transformó en hogar. O tal vez porque nos supo alojar aquel julio de calor cuando el miedo nos invadió y nos volvió alojar ya llegando al final, cuando el cansancio y la nostalgia podían más.

Y es que no es una ciudad más. Llegamos a España, nos entienden, los entendemos y no es fácil acostumbrarse. Ya no damos gracias en idiomas que apenas conocemos, ya no hay discusiones en un inglés cada vez peor.

Barcelona tiene mar, tiene rambla que no es rambla y nos recuerda a Montevideo. Tiene mil cosas para hacer, el tiempo nos vuelve a quedar corto pero eso ya parece ser costumbre. Tiene amigos, arte, libros, la lista parece ser infinita pero, sobre todo, tiene amor. Y es que, por alguna u otra razón, todos nos fuimos enamorando de esta ciudad y a todos nos quedan, guardadas ahí en algún rincón, esas ganas de volver, de ser parte de su mar, del ruido y sus colores.

A Barcelona le sienta bien la primavera, me dijo Alicia, aquella gallega con la que tuve la suerte de convivir. Yo creo que nada le sienta mal.

13/ENE 2017

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El infierno está encantador.

En algún momento y lugar del viaje que ya no puedo recordar. 

Sola. Lo que más extraño es estar sola. Tener el tiempo para tomar un vino, leer, mirar el techo. Sin el constante “¿Vamos?” o “¿Qué hacemos hoy?”. Nada, hoy no quiero hacer nada. Pero no es tan fácil y esa frase implica un sacrificio. Algo queda afuera, una ciudad, un paisaje, un momento. Entonces no sacrificás nada hasta que explotás. Hasta que el momento en soledad deja de ser un gusto que te querés dar y empieza a ser una necesidad.

Entonces empiezo a pensar si seré yo o estaremos todos así, por explotar. Si esos momentos son tan necesarios o el problema soy yo. A veces creo que sí, que el problema siempre soy yo.

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Con una ayudita de mis amigos.

Dicen que el mar cura todo, yo siempre creí en sus poderes ¿mágicos? y en su energía. Capaz que es la cercanía, siempre estuvo ahí, en los momentos más difíciles. Hoy, más que nunca, lo necesito. Calma mis miedos, mis ansiedades y todas estas cosas que no sé por dónde canalizar.

El mar y los amigos. Estas personas increíbles que llegaron a mi vida para quedarse, que comparten todo y se la bancan como nadie. Porque qué difícil pasar la vida sin gente aguantando el mostrador, y qué lindo es tenerlos ahí, caminando juntos sabiendo que tienen una mano pronta para agarrarte cuando caés. La felicidad, si es que existe, no sería sin ellos.

Y ahora, terminando un viaje que nos hizo crecer a las patadas, que nos obligó a tener que resolver casi que cualquier cosa, no queda más que agradecerles por acompañarme, por acompañarnos. Los momentos pequeños, esos en los que sentís que puta que vale la pena estar vivo, son los que guardo acá, bien cerquita. Porque el viaje es conocer, es aprender, pero también es vivir, vivir con ellos.

Gracias por tirarse en una cama en Grecia a cantar a los gritos canciones de La Trampa y extrañar un Montevideo que no existe y que quedó lejos, allá, en nuestra adolescencia. Gracias por apretarse en el piso de un Shinkansen a hablar de todo y de nada mientras cruzamos Japón. Gracias por los café con leche en las noches frías de Finlandia. Gracias por sacarme de mi cabeza aquella vez que sentí que me ahogaba y por la cena en el piso de una terminal oscura y desierta sin preguntar porqué.

Gracias por putearme cuando lo precisaba, por respetar mis silencios y, sobre todo, gracias por no mandarme a la mierda.

Con ustedes, hasta el fin del mundo.

12/OCT/2016