Como en las películas.

Si esto fuera una película estarían los dos sentados cada uno en su alféizar. El día gris, la lluvia o el atardecer, cualquiera de ellos serviría de fondo. Mirando la ciudad con nostalgia, recordando un pasado que no va a volver. Imágenes de colores intensos aparecen para mostrarnos sus momentos felices, risas fuertes, miradas cómplices. Hasta que de repente uno de los dos se levanta y corre. Corre por una ciudad que ya no es gris y que le abre paso. Las distancias se acortaron, la lluvia dejó de caer. Corre hasta llegar a una puerta, a su puerta que se abre sola y lo espera. Porque el otro estaba por salir a correr y en su ciudad también había salido el sol.

Pero esto no es una película y si lo fuera sería una película montevideana. Desde las ventanas no se ve la ciudad, apenas el interior de una manzana gris. Y el paisaje siempre es igual y la nostalgia nunca se va. Nadie corre buscando a nadie, no llegás a la puerta de mi casa donde te esperaba pronta para correr yo a vos.

En esta película miro por la ventana del ómnibus recordando un pasado que siento que no va a volver. La lluvia de fondo y las melodías tristes suenan en mi cabeza, como en aquellas películas. Pero el final es otro. No sabemos el final y no lo estamos esperando. Acá las historias se cruzan, se descruzan y se vuelven a cruzar. El fondo gris se entrevera con los colores intensos. Y todos somos parte de esta película que no terminó y en la que no tenemos idea de lo que va a pasar. Hasta el final.

25/ABR 2017

IMG_8675

Veintiséis.

Los veintiséis son esa cosa extraña que viene después de los veinticinco y que te hace sentir que estás llegando a los treinta pero no está lo suficientemente cerca como para que empieces a asustarte pero sí como para decir che Camila capaz que tendrías que estar encarando entonces te empezás a asustar así que es casi como estar cerca de los treinta por la parte esa de empezar a asustarte pero qué es empezar uno se asusta y ta pero yo no estoy asustada así que en realidad capaz que no es tan malo aunque en mi cabeza se haya prendido una pequeña alarma que dice que tenés que empezar a encarar y capaz que mi problema es que lo que me cuesta es empezar pero igual estoy tranquila porque no estoy asustada entonces no estoy tan cerca de los treinta y al final me olvidé de lo que quería decir y voy a tener que volver a empezar. Con lo que me cuesta empezar.

02/FEB 2017

IMG_7141

Cerca del mar porque yo.

No, no nací en el Mediterráneo. Me crié del otro lado del mundo, entre ranchos y cuentos de mar, caminando entre noctilucas, casas de puertas abiertas y caminos sin fin. En mi pequeño pueblo de agua salada, entre idas y vueltas a una ciudad que también tiene el mar como protagonista.

Tal vez por eso Barcelona se transformó en hogar. O tal vez porque nos supo alojar aquel julio de calor cuando el miedo nos invadió y nos volvió alojar ya llegando al final, cuando el cansancio y la nostalgia podían más.

Y es que no es una ciudad más. Llegamos a España, nos entienden, los entendemos y no es fácil acostumbrarse. Ya no damos gracias en idiomas que apenas conocemos, ya no hay discusiones en un inglés cada vez peor.

Barcelona tiene mar, tiene rambla que no es rambla y nos recuerda a Montevideo. Tiene mil cosas para hacer, el tiempo nos vuelve a quedar corto pero eso ya parece ser costumbre. Tiene amigos, arte, libros, la lista parece ser infinita pero, sobre todo, tiene amor. Y es que, por alguna u otra razón, todos nos fuimos enamorando de esta ciudad y a todos nos quedan, guardadas ahí en algún rincón, esas ganas de volver, de ser parte de su mar, del ruido y sus colores.

A Barcelona le sienta bien la primavera, me dijo Alicia, aquella gallega con la que tuve la suerte de convivir. Yo creo que nada le sienta mal.

13/ENE 2017

IMG_5714

El infierno está encantador.

En algún momento y lugar del viaje que ya no puedo recordar. 

Sola. Lo que más extraño es estar sola. Tener el tiempo para tomar un vino, leer, mirar el techo. Sin el constante “¿Vamos?” o “¿Qué hacemos hoy?”. Nada, hoy no quiero hacer nada. Pero no es tan fácil y esa frase implica un sacrificio. Algo queda afuera, una ciudad, un paisaje, un momento. Entonces no sacrificás nada hasta que explotás. Hasta que el momento en soledad deja de ser un gusto que te querés dar y empieza a ser una necesidad.

Entonces empiezo a pensar si seré yo o estaremos todos así, por explotar. Si esos momentos son tan necesarios o el problema soy yo. A veces creo que sí, que el problema siempre soy yo.

IMG_6273

Con una ayudita de mis amigos.

Dicen que el mar cura todo, yo siempre creí en sus poderes ¿mágicos? y en su energía. Capaz que es la cercanía, siempre estuvo ahí, en los momentos más difíciles. Hoy, más que nunca, lo necesito. Calma mis miedos, mis ansiedades y todas estas cosas que no sé por dónde canalizar.

El mar y los amigos. Estas personas increíbles que llegaron a mi vida para quedarse, que comparten todo y se la bancan como nadie. Porque qué difícil pasar la vida sin gente aguantando el mostrador, y qué lindo es tenerlos ahí, caminando juntos sabiendo que tienen una mano pronta para agarrarte cuando caés. La felicidad, si es que existe, no sería sin ellos.

Y ahora, terminando un viaje que nos hizo crecer a las patadas, que nos obligó a tener que resolver casi que cualquier cosa, no queda más que agradecerles por acompañarme, por acompañarnos. Los momentos pequeños, esos en los que sentís que puta que vale la pena estar vivo, son los que guardo acá, bien cerquita. Porque el viaje es conocer, es aprender, pero también es vivir, vivir con ellos.

Gracias por tirarse en una cama en Grecia a cantar a los gritos canciones de La Trampa y extrañar un Montevideo que no existe y que quedó lejos, allá, en nuestra adolescencia. Gracias por apretarse en el piso de un Shinkansen a hablar de todo y de nada mientras cruzamos Japón. Gracias por los café con leche en las noches frías de Finlandia. Gracias por sacarme de mi cabeza aquella vez que sentí que me ahogaba y por la cena en el piso de una terminal oscura y desierta sin preguntar porqué.

Gracias por putearme cuando lo precisaba, por respetar mis silencios y, sobre todo, gracias por no mandarme a la mierda.

Con ustedes, hasta el fin del mundo.

12/OCT/2016

Llorar.

Y de repente te encontrás en un ómnibus en Berlín llorando sin saber porqué. O sabiendo pero sin querer reconocer que no tenés una puta idea de lo que estás haciendo. Que la vida se estancó, que Montevideo avanza sin vos y quedaste metida en una realidad paralela, en este mundo que construimos con rutinas imposibles, donde no existe el tiempo, los días son eternos y los itinerarios superan cualquier tipo de lógica. Porque hoy estoy acá pero en una semana estaré en Venecia y hace otra estaba corriendo por Moscú. Y ahí te preguntás si la vida no será eso y el que se estancó es Montevideo. Y un paso más te lleva a la angustia de saber que esto no es para siempre, que hay que volver a una rutina que ya nos expulsó, que no se puso en pausa, y ahora nos toca la tarea horrible de tener que reenganchar. Y llorás. Llorás por no saber muy bien todavía cuál de las dos es la vida o si es las dos o no es ninguna. Y ahí te acordás de que estabas en un ómnibus en Berlín. Y mirás para el costado y reís porque por suerte estás con esa gente que te hace reír. Incluso cuando llorás.

20/SET 2016

Siempre tendremos Moscú.

Para Gamlet.

Desde que tengo uso de razón, todos mis viajes, sobre todo los largos estuvieron acompañados por música. Esta vez no pude. Una familia rusa que viajaba al lado mío me atrapó con su conversación. Los cuatro hablan casi en un susurro, para no molestar al resto del vagón que ya duerme. Cierro los ojos, acostada en este catre más duro que una roca, los escucho hablar y me siento parte de una historia de años atrás pero que dejó marcas que vamos encontrando en cada rincón.

Y así es Rusia, con su gente que parece haberse quedado atrapada en el tiempo, y que bajo esa apariencia dura, casi inexpresiva, esconden seres increíbles, dispuestos a ayudar y a hacerse entender a pesar de las diferencias. Con sus ciudades y su arquitectura que son huella de un país que vivió tanto. Sus iglesias que se remontan a la época de los zares, sus colores, sus programas colectivos -viviendas, cocinas, clubes- de una época increíble y de una transformación de la sociedad. Con sus metros y sus escaleras eternas que nos hicieron sufrir tanto como nos hicieron reír, y es que no se puede bajar, por lo menos una vez, esas escaleras corriendo cual ruso apurado que llega tarde a trabajar.

Rusia tuvo el encanto de haberse vivido. No es fácil, teniendo tan poco tiempo en cada lugar, y es duro encariñarse tanto, no me gustan las despedidas. Pero como no querer a una Anastasia que nos abrió sus puertas y nos dejó entrar en su mundo. Nos permitió entender una ciudad con una escala que escapa a nuestra imaginación y conocer personas con ganas de cambiar el mundo.

Y entre tanta gente apareciste vos, que me enseñaste que para soñar no importan los idiomas y que lograste que un pedacito de mí quedara para siempre en esta ciudad, en este parque lleno de música y color.

Спасибо Gamlet, por acompañarme en esta locura. Las escaleras mecánicas y las corridas al tren no van a ser lo mismo sin vos.

14/SET 2016