Ale.

Él era una de esas personas que andan con su vida a cuestas. Vivía en todos y en ningún lugar, a veces aparecía con una carpa abajo del brazo que iba armando donde podía, otras, desaparecía por un tiempo. Me quedé en Neptunia por unos días, nos decía. Nosotras asumíamos que lo habrían corrido y volvía al bar. Siempre volvía. A ese bar que vivió tantas historias y que, si hablara, contaría una parte hermosa de nuestras vidas. Ahí lo conocimos. Soy el que hace los collages, decía con orgullo señalando la pared. Íbamos tanto que entramos en confianza. Siempre estaba de buen humor, yo iba a ahogar mis penas, a hundir mi cabeza y no pensar. Él no, y tenía penas que ahogar.

Cuando podía, me regalaba cosas. Nunca pidió ni esperó nada a cambio pero siempre teníamos un vaso de cerveza para él. Hablaba poco de su vida y mucho de la vida. Tenía una hija y una ex mujer, tenía una vida afuera del bar. Prefería la ilusión de que solo existía dentro de esa esquina de paredes verdes y negras con olor a Redonditos de Ricota. Capaz que no quería aceptar su locura, capaz que no quería pensar en él y su hija a la que no veía, en él como padre, como pareja, ni siquiera como amigo. Él era el bar, nada más.

Recuerdo una noche que volví. Era verano y hacía un tiempo que yo no andaba por Montevideo, se alegró cuando me vió. Yo también. Nos quería, quizás fuéramos las únicas que lo seguíamos en su locura pero cómo no quedarse a escuchar sus historias, sus delirios, sus paranoias.

Y ahora, acá estoy. Empezando yo con esta locura, con esta vuelta al mundo que quién sabe cómo me devolverá. Me llevé su bufanda, aquella que usaba siempre y que, una noche de frío, me regaló. Dejala en el bar cuando vuelvas, me pidió.
En seis meses llega.

29/MAY 2016

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