Llorar.

Y de repente te encontrás en un ómnibus en Berlín llorando sin saber porqué. O sabiendo pero sin querer reconocer que no tenés una puta idea de lo que estás haciendo. Que la vida se estancó, que Montevideo avanza sin vos y quedaste metida en una realidad paralela, en este mundo que construimos con rutinas imposibles, donde no existe el tiempo, los días son eternos y los itinerarios superan cualquier tipo de lógica. Porque hoy estoy acá pero en una semana estaré en Venecia y hace otra estaba corriendo por Moscú. Y ahí te preguntás si la vida no será eso y el que se estancó es Montevideo. Y un paso más te lleva a la angustia de saber que esto no es para siempre, que hay que volver a una rutina que ya nos expulsó, que no se puso en pausa, y ahora nos toca la tarea horrible de tener que reenganchar. Y llorás. Llorás por no saber muy bien todavía cuál de las dos es la vida o si es las dos o no es ninguna. Y ahí te acordás de que estabas en un ómnibus en Berlín. Y mirás para el costado y reís porque por suerte estás con esa gente que te hace reír. Incluso cuando llorás.

20/SET 2016

Siempre tendremos Moscú.

Para Gamlet.

Desde que tengo uso de razón, todos mis viajes, sobre todo los largos estuvieron acompañados por música. Esta vez no pude. Una familia rusa que viajaba al lado mío me atrapó con su conversación. Los cuatro hablan casi en un susurro, para no molestar al resto del vagón que ya duerme. Cierro los ojos, acostada en este catre más duro que una roca, los escucho hablar y me siento parte de una historia de años atrás pero que dejó marcas que vamos encontrando en cada rincón.

Y así es Rusia, con su gente que parece haberse quedado atrapada en el tiempo, y que bajo esa apariencia dura, casi inexpresiva, esconden seres increíbles, dispuestos a ayudar y a hacerse entender a pesar de las diferencias. Con sus ciudades y su arquitectura que son huella de un país que vivió tanto. Sus iglesias que se remontan a la época de los zares, sus colores, sus programas colectivos -viviendas, cocinas, clubes- de una época increíble y de una transformación de la sociedad. Con sus metros y sus escaleras eternas que nos hicieron sufrir tanto como nos hicieron reír, y es que no se puede bajar, por lo menos una vez, esas escaleras corriendo cual ruso apurado que llega tarde a trabajar.

Rusia tuvo el encanto de haberse vivido. No es fácil, teniendo tan poco tiempo en cada lugar, y es duro encariñarse tanto, no me gustan las despedidas. Pero como no querer a una Anastasia que nos abrió sus puertas y nos dejó entrar en su mundo. Nos permitió entender una ciudad con una escala que escapa a nuestra imaginación y conocer personas con ganas de cambiar el mundo.

Y entre tanta gente apareciste vos, que me enseñaste que para soñar no importan los idiomas y que lograste que un pedacito de mí quedara para siempre en esta ciudad, en este parque lleno de música y color.

Спасибо Gamlet, por acompañarme en esta locura. Las escaleras mecánicas y las corridas al tren no van a ser lo mismo sin vos.

14/SET 2016