Llorar.

Y de repente te encontrás en un ómnibus en Berlín llorando sin saber porqué. O sabiendo pero sin querer reconocer que no tenés una puta idea de lo que estás haciendo. Que la vida se estancó, que Montevideo avanza sin vos y quedaste metida en una realidad paralela, en este mundo que construimos con rutinas imposibles, donde no existe el tiempo, los días son eternos y los itinerarios superan cualquier tipo de lógica. Porque hoy estoy acá pero en una semana estaré en Venecia y hace otra estaba corriendo por Moscú. Y ahí te preguntás si la vida no será eso y el que se estancó es Montevideo. Y un paso más te lleva a la angustia de saber que esto no es para siempre, que hay que volver a una rutina que ya nos expulsó, que no se puso en pausa, y ahora nos toca la tarea horrible de tener que reenganchar. Y llorás. Llorás por no saber muy bien todavía cuál de las dos es la vida o si es las dos o no es ninguna. Y ahí te acordás de que estabas en un ómnibus en Berlín. Y mirás para el costado y reís porque por suerte estás con esa gente que te hace reír. Incluso cuando llorás.

20/SET 2016

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