Con una ayudita de mis amigos.

Dicen que el mar cura todo, yo siempre creí en sus poderes ¿mágicos? y en su energía. Capaz que es la cercanía, siempre estuvo ahí, en los momentos más difíciles. Hoy, más que nunca, lo necesito. Calma mis miedos, mis ansiedades y todas estas cosas que no sé por dónde canalizar.

El mar y los amigos. Estas personas increíbles que llegaron a mi vida para quedarse, que comparten todo y se la bancan como nadie. Porque qué difícil pasar la vida sin gente aguantando el mostrador, y qué lindo es tenerlos ahí, caminando juntos sabiendo que tienen una mano pronta para agarrarte cuando caés. La felicidad, si es que existe, no sería sin ellos.

Y ahora, terminando un viaje que nos hizo crecer a las patadas, que nos obligó a tener que resolver casi que cualquier cosa, no queda más que agradecerles por acompañarme, por acompañarnos. Los momentos pequeños, esos en los que sentís que puta que vale la pena estar vivo, son los que guardo acá, bien cerquita. Porque el viaje es conocer, es aprender, pero también es vivir, vivir con ellos.

Gracias por tirarse en una cama en Grecia a cantar a los gritos canciones de La Trampa y extrañar un Montevideo que no existe y que quedó lejos, allá, en nuestra adolescencia. Gracias por apretarse en el piso de un Shinkansen a hablar de todo y de nada mientras cruzamos Japón. Gracias por los café con leche en las noches frías de Finlandia. Gracias por sacarme de mi cabeza aquella vez que sentí que me ahogaba y por la cena en el piso de una terminal oscura y desierta sin preguntar porqué.

Gracias por putearme cuando lo precisaba, por respetar mis silencios y, sobre todo, gracias por no mandarme a la mierda.

Con ustedes, hasta el fin del mundo.

12/OCT/2016

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