Cerca del mar porque yo.

No, no nací en el Mediterráneo. Me crié del otro lado del mundo, entre ranchos y cuentos de mar, caminando entre noctilucas, casas de puertas abiertas y caminos sin fin. En mi pequeño pueblo de agua salada, entre idas y vueltas a una ciudad que también tiene el mar como protagonista.

Tal vez por eso Barcelona se transformó en hogar. O tal vez porque nos supo alojar aquel julio de calor cuando el miedo nos invadió y nos volvió alojar ya llegando al final, cuando el cansancio y la nostalgia podían más.

Y es que no es una ciudad más. Llegamos a España, nos entienden, los entendemos y no es fácil acostumbrarse. Ya no damos gracias en idiomas que apenas conocemos, ya no hay discusiones en un inglés cada vez peor.

Barcelona tiene mar, tiene rambla que no es rambla y nos recuerda a Montevideo. Tiene mil cosas para hacer, el tiempo nos vuelve a quedar corto pero eso ya parece ser costumbre. Tiene amigos, arte, libros, la lista parece ser infinita pero, sobre todo, tiene amor. Y es que, por alguna u otra razón, todos nos fuimos enamorando de esta ciudad y a todos nos quedan, guardadas ahí en algún rincón, esas ganas de volver, de ser parte de su mar, del ruido y sus colores.

A Barcelona le sienta bien la primavera, me dijo Alicia, aquella gallega con la que tuve la suerte de convivir. Yo creo que nada le sienta mal.

13/ENE 2017

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