Como en las películas.

Si esto fuera una película estarían los dos sentados cada uno en su alféizar. El día gris, la lluvia o el atardecer, cualquiera de ellos serviría de fondo. Mirando la ciudad con nostalgia, recordando un pasado que no va a volver. Imágenes de colores intensos aparecen para mostrarnos sus momentos felices, risas fuertes, miradas cómplices. Hasta que de repente uno de los dos se levanta y corre. Corre por una ciudad que ya no es gris y que le abre paso. Las distancias se acortaron, la lluvia dejó de caer. Corre hasta llegar a una puerta, a su puerta que se abre sola y lo espera. Porque el otro estaba por salir a correr y en su ciudad también había salido el sol.

Pero esto no es una película y si lo fuera sería una película montevideana. Desde las ventanas no se ve la ciudad, apenas el interior de una manzana gris. Y el paisaje siempre es igual y la nostalgia nunca se va. Nadie corre buscando a nadie, no llegás a la puerta de mi casa donde te esperaba pronta para correr yo a vos.

En esta película miro por la ventana del ómnibus recordando un pasado que siento que no va a volver. La lluvia de fondo y las melodías tristes suenan en mi cabeza, como en aquellas películas. Pero el final es otro. No sabemos el final y no lo estamos esperando. Acá las historias se cruzan, se descruzan y se vuelven a cruzar. El fondo gris se entrevera con los colores intensos. Y todos somos parte de esta película que no terminó y en la que no tenemos idea de lo que va a pasar. Hasta el final.

25/ABR 2017

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